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Por: Dante A. Urbina

 

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William Lane Craig es, definitivamente, el filósofo cristiano más conocido de la actualidad. Y esto no solo por su gran trabajo académico e intelectual (filósofos como Peter Kreft, Edward Feser, Alvin Platinga y Richard Swiburne son, como mínimo, de una talla académica e intelectual comparable a la de él) sino principalmente por sus muy numerosos debates públicos con ateos. En ese contexto, por supuesto, se trata de alguien muy querido y apreciado entre los apologistas cristianos, siendo muchos los que admiramos su trabajo – yo mismo le hago una muy positiva reseña biográfica en el apéndice “Siete filósofos: Su encuentro con Dios” de mi libro ¿Dios existe?: El libro que todo creyente deberá (y todo ateo temerá) leer (1).

 

Sin embargo, la admiración nunca debe convertirse en ceguera ¡y menos en el ámbito filosófico! De este modo, si se hallan en los planteamientos de Craig cuestiones dudosas o demostrablemente erróneas, esto debe ser señalado. ¡He allí lo que constituye la honestidad intelectual! No porque un filósofo coincida con la cosmovisión de uno (en este caso el teísmo), deben tomarse acríticamente todos y cada uno de sus planteamientos. No debe sorprender, por tanto, que pueda haber genuino debate intelectual entre filósofos cristianos. De hecho, ¡el propio Craig ha criticado a Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, en la ronda de preguntas de su debate contra Sean Carroll (2)! Entonces, no debe resultar raro que un tomista como yo pueda expresar críticas sobre ciertos planteamientos filosóficos suyos como ya lo he hecho, por ejemplo, en algunas partes del capítulo 1 de mi mencionado libro. De ahí que ciertos ateos que desdeñan este último -junto con mis debates- como un mero “calco de Craig”, solo demuestran con ello una descomunal ignorancia respecto de la filosofía cuando no una evidente falta de comprensión de lectura.

 

Pues bien, entrando en materia, el punto a discutir aquí es una tesis particular en que Craig contradice no solo al teísmo tomista sino al teísmo clásico en general: su comprensión sobre la relación entre Dios y el tiempo. Mientras que en el teísmo clásico se ha sostenido que Dios es siempre y necesariamente atemporal o trascendente al tiempo (en mi libro he explicado claramente cómo la eternidad no debe asociarse a un “tiempo infinito” sino a una plenitud simultánea), Craig sostiene lo que podría llamarse tesis del “Dios híbrido” (2) en el sentido de que Dios sería atemporal sin el universo pero pasaría a estar en el tiempo a partir de la creación del mismo. ¿No se cree que Craig sostenga esto? Pues citemos sus propias palabras en su obra más famosa, Fe Razonable:

 

“En la visión que yo he defendido ampliamente (…), Dios puede ser concebido existiendo atemporalmente –o en un tiempo indiferenciado- sin el universo y en el tiempo desde el momento de la creación (…) en virtud de su relación causal con el universo temporal” (4). Y por si quedan dudas de que él sostiene eso, se puede comprobar con todo detalle en su libro Tiempo y Eternidad (5) y en su ensayo académico “Atemporalidad y Omnitemporalidad” (6).

 

Pasemos, entonces, al análisis crítico. El principal argumento de Craig a favor de su visión a este respecto es que Dios deviene en temporal por cuanto al crear un universo temporal se adiciona a Él una relación temporal real: “De este modo, incluso si no es el caso de que Dios es temporal antes de su creación del mundo, Él experimenta un cambio extrínseco al momento de la creación que lo introduce en el tiempo en virtud de su relación real con el mundo” (7). Craig esquematiza su argumento como sigue (8):

 

1. Dios es creativamente activo en el mundo temporal.

2. Si Dios es creativamente activo en el mundo temporal, Dios se relaciona realmente con el mundo temporal.

3. Si Dios está realmente relacionado al mundo temporal, Dios es temporal.

4. Por tanto, Dios es temporal.

 

Las premisas 1 y 2 no resultan problemáticas supuesto que se entiende la dirección de la relación real: de la creación respecto del Creador (es la creación la que depende ontológicamente del Creador y no viceversa). El problema está con la premisa 3 pues implica una falacia non sequitur: de que haya una relación entre Dios y el mundo temporal no se sigue necesariamente que Él es temporal. Dios también se relaciona con los pecadores, pero de ello no se sigue que sea pecador. O, para poner una analogía más directa, hay una relación entre Dios y el mundo material pero no por ello decimos que Él debe ser material a partir de esa relación.

 

“Ah, pero de todas maneras Dios debe existir en el tiempo a partir de la creación por cuanto en la creación se da una sucesión temporal y, por tanto, cualquier relación requerirá también de sucesión temporal”, se objetará. Sin embargo, nuevamente se trata de una falacia non sequitur. Para que se establezca una relación la condición necesaria es cierta instancia de conmensurabilidad entre las partes. Pero esa instancia no tiene por qué ser el tiempo sino que es más coherente plantear que se trata del ser. Dios y la creación tienen en común que son. Por tanto, ya allí tenemos una instancia de conmensurabilidad en que puede darse la relación entre un Dios atemporal y una creación temporal (y por la misma vía se resuelve el dilema de la relación entre un Dios inmaterial y una creación material). Ergo, no es forzoso que Dios tenga que volverse temporal para que haya relación con la creación y, en consecuencia, el argumento de Craig deviene en inconclusivo.

 

¿Pero acaso Dios no realiza acciones que lo implican como existiendo dentro del tiempo tales como hacer milagros o responder oraciones? Sí, realiza esas acciones, pero ello no prueba que necesariamente deba estar “dentro del tiempo”. La aplicación y efectos de esas acciones se dan en el tiempo respecto de las criaturas pero no tienen por qué implicar la temporalidad de Dios ya que es perfectamente racional sostener que todas esas acciones existen simultánea y plenamente en Dios desde su acto puro eterno. Dios en su eternidad perfecta ya conoce y ha dispuesto su acción simultáneamente respecto de los milagros, oraciones y demás. Así que en este punto en lugar de seguir a Craig prefiero seguir al gran San Agustín quien dice que Dios es el “eterno creador de todos los tiempos” (9) que no puede estar de ningún modo con el tiempo pues Él es permanente e inmutable y el tiempo, en cambio, “si permaneciese, no sería tiempo” (10). Por tanto, como enseña Santo Tomás de Aquino, “si a Dios se aplican verbos en distintos tiempos, es porque la eternidad incluye todos los tiempos, y no porque Dios sufra mudanzas de presente, pasado o futuro” (11). Además, no contando nosotros directamente con una “gramática teológica atemporal”, ha de aceptarse que este modo de hablar se debe a limitaciones de lenguaje y no a limitaciones de Dios.

 

Asimismo, hay que decir claramente que Dios es absolutamente Subsistente en sí y no puede ponérsele como adquiriendo con la creación algo que antes no tenía. Así que no hay un “antes” en el ser de Dios en que carezca de relaciones con la creación y un “después” en que las adquiera. Él no pasa de no ser Creador a serlo en función de un “momento” de creación, sino que ya en su atemporalidad eterna se incluye el efecto de un mundo creado temporal. Como ha dicho Olsson en su interesante tesis Atemporalmente Presente, Compasivamente Impasible: Una Defensa de Dos Atributos Divinos Clásico: “Dios mantiene una relación con la creación como su Creador. Pero Él no ´llega a ser´ si por ´llegar a ser´ uno entiende que un anterior intervalo ´sin creación´ de su Vida se conecta por la vía de una relación ´y entonces´ a un posterior intervalo ´con creación´” (12). Es respecto de la creación que transcurre el tiempo, no respecto del Creador.

 

Pero sucede que Craig está demasiado comprometido con la teoría A del tiempo -de acuerdo con la cual hay una sucesión objetiva de eventos en términos de pasado, presente y futuro- siendo fuertemente crítico respecto de la teoría B del tiempo – de acuerdo con la cual la sucesión temporal solo es subjetiva, siendo todos los eventos coexistentes (13). Ahora bien, yo tiendo a estar de acuerdo con la teoría A del tiempo que defiende Craig. Pero eso entendiendo que el tiempo es algo que solo aplica a lo creado, no tengo por qué meter a Dios en ese mismo esquema: el tiempo es una dimensión física y Dios no es un objeto físico. De este modo, dada la diferencia de categoría entre Dios y lo creado, es perfectamente factible que lo que en la creación aparece en términos de sucesión objetiva conforme a la teoría A del tiempo, aparezca en la “mente de Dios” simultáneamente, como de modo análogo a lo planteado por la teoría B.

 

No obstante, Craig puede insistir en negar la absoluta atemporalidad de Dios trayendo a colación los llamados “tensed facts”, es decir, eventos que, conforme a la teoría A, se dan en un esquema de sucesión temporal objetiva debiendo ser conocidos como tales en la mente de Dios. De este modo, trae a discusión el razonamiento siguiente:

 

1. Dios es atemporal.

2. Dios es omnisciente.

3. Un mundo temporal existe.

4. Si un mundo temporal existe, entonces, si Dios es omnisciente, Él conoce los “eventos temporales” (tensed facts).

5. Si Dios es atemporal, Él no conoce los “eventos temporales” (tensed facts).

 

A continuación comenta Craig: “Dado que (2) es esencial para el teísmo y (3) es evidentemente verdad, (1) debe ser falso” (14). Le respondo a Craig:

 

“Disculpe, pero dado que (1) es cierto, es (5) el que es falso”. Y es que el supuesto previo de Craig es que “desde que los tensed facts pueden ser conocidos solamente por un ser temporal, Dios debe por tanto ser temporal” (15). Pero ello no es necesariamente cierto pues es perfectamente factible que Dios conozca atemporalmente la realidad de los sucesos temporales sin quitar su cualidad de tales ni en la realidad creada ni en el intelecto divino. Como dice pertinentemente el gran apologista católico Dave Armstrong: “En la verdadera eternidad (la perspectiva de Dios) no hay ´antes´ ni ´después´. De que el pensamiento divino experimente y conozca todas las cosas fuera del tiempo, como ´ahora´, no se sigue que las cosas mismas estén fuera del tiempo. Dios me vería, por ejemplo, escribiendo estas mismas palabras. Para Él esto es ´ahora´, está presente para Él antes que suceda (…) Pero el hecho de que Él lo experimente en un ´ahora´ no significa que eso en sí mismo es un evento atemporal. Ocurrió en tiempo terrestre” (16). Para ponerlo con otra analogía: para que Shakespeare conozca los distintos sucesos que se dan en su obra de Romeo y Julieta, ¿los tiene que conocer necesariamente desde el mismo “esquema de tiempo” de la obra? No. Shakespeare está en un esquema trascedente al de la obra y puede conocer realmente el trascurso de la misma sin necesidad de “meterse en la historia”. Pues bien, es perfectamente coherente decir algo análogo sobre Dios.

 

Finalmente, hay que señalar que, al parecer, Craig cae en un doble estándar. En efecto, cuando se trata de los “contingentes futuros”, Craig simplemente afirma que Dios puede conocerlos en virtud de su omnisciencia sin entrar a problematizar cuestiones como si Dios debe transformarse en un (o entrar en un esquema de) “contingente futuro” para ello. Él escribe: “Como ser perfecto, el ser más grande concebible, Dios simplemente posee esencialmente conocimiento de (…) todas las verdades; las proposiciones contingentes futuras están entre las verdades que hay; por tanto Dios posee conocimiento esencial de los contingentes futuros” (17). Perfecto. Muy bien. Aquí Craig dice que Dios, “como ser perfecto, (…) simplemente posee esencialmente conocimiento (…) de los contingentes futuros” sin problematizar la atemporalidad, ¿pero por qué no aplica lo mismo a los “tensed facts”? Se ve, pues, que la postura de Craig resulta arbitrariamente selectiva. En todo caso, independientemente de esto, queda claro que su tesis del “Dios híbrido” (atemporal sin la creación, temporal con la creación) es inconclusiva mostrándose como más sólida la postura del teísmo tomista (afirmar la plena atemporalidad de Dios).

 

Referencias:

1. Dante A. Urbina, ¿Dios existe?: El libro que todo creyente deberá (y todo ateo temerá) leer, Ed. CreateSpace, Charleston, 2016, pp. 230-234. (https://danteaurbina.com/dios-existe-el-libro-que-todo-creyente-debera-y-todo-ateo-temera-leer/)

2. William Lane Craig vs. Sean Carroll, “God and Cosmology”, Greer Heard Forum (New Orleans – USA), 21 de febrero del 2014.

3. Cfr. Philip Olsson, Timelessly Present, Compassionately Impassible: A Defense Of Two Classical Divine Attributes, Claremont Graduate University Theses & Dissertations, Paper 38, 2012, pp. 24-25.

4. William Lane Craig, Reasonable Faith, Ed. Crossway Books, Weathon, 2008, p. 156.

5. William Lane Craig, Time and Eternity, Ed. Crossway Books, Wheaton, 2001.

6. William Lane Craig, “Timelessness and Omnitemporality”, en: Gregory Ganssle ed., God and Time: Four Views, IV Press, Downers Grove, 2001.

7. William Lane Craig, “Timelessness and Omnitemporality”, en: Gregory Ganssle ed., God and Time: Four Views, op. cit., p. 141.

8. William Lane Craig, Ibídem, p. 141.

9. San Agustín, Confesiones, Lib. XI, cap. 30.

10. San Agustín, Confesiones, Lib. XI, cap. 14, n. 1.

11. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Ia, q. 10, art. 2, sol. 4.

12. Philip Olsson, Timelessly Present, Compassionately Impassible: A Defense of Two Classical Divine Attributes, Claremont Graduate University Theses & Dissertations, Paper 38, 2012, p. 290.

13. William Lane Craig and James Sinclair, “The Kalam Cosmological Argument”, in: William Lane Craig and J. P. Moreland eds., The Blackwell Companion to Natural Theology, Blackwell Publishing, 2009, p. 114.

14. William Lane Craig, “Omniscience, tensed facts, and divine eternity”, Faith and Philosophy, nº 17, 2000, pp. 225–241.

15. William Lane Craig, “Omniscience, tensed facts, and divine eternity”, Faith and Philosophy, nº 17, 2000, pp. 225–241.

16. Dave Armstrong, Theology of God, Lulu Press, 2012, ch. 8.

17. William Lane Craig, What Does God Know? Reconciling Divine Foreknowledge and Human Freedom, Ed. RZIM, Norcros, 2002, p. 40.

 

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Por: Charles Journet

 

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«El segundo tema del que quiero hablaros es el del mérito. Es una palabra neurálgica. Cuando uno la pronuncia delante de protestantes, se crispan y no oyen más. Es mejor, sin pronunciar la palabra, explicarles la cosa: es posible que les parezca que expresa lo que ellos han creído siempre.

 

¿En qué consiste la doctrina del mérito? Me enseña que Dios es tan bueno que pone en mí SU GRACIA, CON LA CUAL PUEDO INCLINARME HACIA LA VIDA ETERNA, TENDER A ELLA, ELEVARME HACIA ELLA. En la parábola de la viña se dice: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos». El que permanece en MI y Yo en él, ese dará mucho fruto» (Juan XV, 1). Ya veis: Dios pone en nosotros la savia de la gracia y de la caridad, con la que podemos realizar actos sucesivos de gracia y caridad cada vez más intensos, que serán como frutos, será la entrada en la Patria. El mérito es LA ORDEN DE RETRIBUIR SEGUN JUSTICIA. Pero Dios, ¿puede estar obligado en justicia con respecto a nosotros? ¿Puede haber proporción entre lo que nosotros le damos, nosotros que todo lo recibimos de El, y los dones supremos de su gracia y de su amor? No, ciertamente, si nos deja a nosotros mismos y a nuestros propios esfuerzos. Pero si, por el contrario, sí pone en nosotros la savia de su gracia y de su amor, pidiéndonos que hagamos fructificar esa gracia y ese amor. Desde el momento en que podemos producir actos VIVIFICADOS por la savia de la gracia, hay, de hecho, una proporción entre esos actos y su fruto, entre el tallo y la flor, luego entre la flor y el fruto. De suerte que NUESTROS MERITOS SON DONES DE DIOS. De ahí la frase de San Agustín: «Cuando Dios corona nuestros méritos, corona sus dones»

 

9. Pero ¿es que son nuestros méritos o los méritos de Cristo? La táctica protestante es en esto como siempre, la de suponer en vez de subordinar. A los méritos de Cristo SOLO, opone los méritos del hombre SOLO. Se decide por la salvación por los méritos de Cristo sólo; y nos achaca la teoría de la salvación por los méritos del hombre sólo, es decir la tesis pelagiana condenada por la Iglesia como herética. ¿Cuál es, en suma, la verdadera doctrina católica? Puede resumirse así: NUESTROS MERITOS SON DE DIOS Y DE CRISTO COMO CAUSA PRIMERA, SON NUESTROS COMO CAUSA SEGUNDA: DIOS NOS DA EN CRISTO EL DECIRLE «SI».

 

Si le digo Sí, este sí pronunciado aquí abajo, en el tiempo y que es atravesado por la luz de la gracia divina, me encamina hacia mi término final, o sea la entrada en la Patria, me hace proporcionado a esa entrada en la Patria, «fructifica» normalmente esa entrada en la Patria, «merece» esa entrada en la Patria. Es mi sí, MI MÉRITO: ME HABRÁ DESGARRADO A VECES EL CORAZON, ME HABRA EXIGIDO QUE TRIUNFE SOBRE MIS PASIONES, ES BIEN MIO. Pero es más aún de Dios que mío, y el primer pensamiento que vendrá a mi espíritu será el decir: Gracias, Dios mío, por haberme movido a decir sí: A Vos sea la gloria.

 

Para ilustrar esta doctrina católica de Dios que da al hombre el merecer, hace falta volver a la comparación de Jesús: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí y Yo en él, ése dará mucho fruto». Ni Calvino, ni Barth consiguieron explicar este texto. Calvino dirá: Ved bien, el sarmiento cortado de la cepa es echado al fuego, no puede, pues, producir nada. !Perdón! El Sarmiento cortado, sí. Se secará; pero, ¿si continúa unido a la cepa, a Jesús? Entonces da fruto. El fruto, ¿viene de la cepa o del sarmiento? Viene de la cepa a través del sarmiento. Cuando se pregunta Barth: ¿Es Dios o el hombre el que produce la buena acción? ¿Es Dios o el rosal el que produce la rosa? El contesta: Razonáis sobre una imagen. Pero esa imagen es del Evangelio.

 

Una precisión más referente al mérito. Ya lo hemos visto: no puedo yo merecer la primera gracia, porque es siempre una atención gratuita. Pero si permanezco en el amor puedo con el amor merecer siempre un amor mayor y, en el instante de la muerte, la vida eterna.

 

10. La gracia de aquí abajo, PROPORCIONA la gloria del cielo, FRUCTIFICA la gloria del cielo, MERECE la gloria del cielo: todas estas voces son sinónimas. La gloria es dada a la gracia como un FRUTO, COMO UN TÉRMINO, COMO UNA RECOMPENSA.

 

Esta noción de recompensa se encuentra frecuentemente en la Escritura. San Pablo escribe: «He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Ya me está preparada la corona de la justicia, que me otorgará aquel día el Señor, justo Juez y no sólo a mi, sino a todos los que aman su venida» (2 Tim IV, 7-8). Dios, que ha colmado de gracias a San Pablo, coronará a San Pablo. Como un Juez, dará al apóstol lo que le corresponde en justicia. Lo mismo ocurrirá a todos los cristianos.

 

Tenéis en el evangelio: cuando sufráis todas esas cosas «alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra RECOMPENSA» (Mat. V, 12). Es Jesús quien nos dice eso. En el último día, cuando el Hijo del hombre venga en su gloria con todos los ángeles, dirá a los que estén a su derecha: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber…» (Mat. XXV, 34-35). En el mismo capítulo, se habla del servidor que habiendo recibido cinco talentos ganó con ellos otros cinco; del que habiendo recibido dos, ganó también dos. Son bendecidos uno y otro; pero el que había enterrado su talento fue maldecido (Mat. XXV, 14-30).

 

¿COMO PUEDE EL PROTESTANTISMO NEGAR ESAS NOCIONES DE MERITO Y DE RECOMPENSA, DE UN DIOS QUE CORONANDO NUESTROS MERITOS CORONA SUS DONES, CUANDO APARECEN CONSTANTEMENTE EN EL EVANGELIO? Nos achaca, para combatirnos, la doctrina pelagiana del sarmiento que, cortado de la cepa, producirá por sí solo el fruto. Pero nosotros reprobamos a la vez DOS ERRORES. Se nos dice -!y no es una amabilidad!- : Vosotros, católicos, os movéis por una recompensa. A lo que yo contestaría: SI, PORQUE SABEMOS QUE LA RECOMPENSA DEL AMOR ES EL ENCUENTRO CON EL AMADO. «Ninguna otra recompensa más que Vos, Señor» decía Santo Tomás. Y San Pablo escribe: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman» (I Cor. II, 9). ¿En qué consiste ello? !Es demasiado grande! !Es indecible el encuentro con el amado! ¿Cómo puede decírsenos que ES RUIN APETECER TAL RECOMPENSA?

 

Los protestantes se ven obligados a desfigurar esta espléndida doctrina para poder atacarla: «Entonces veremos cara a cara», dice San Pablo (I Cor. XIII, 12): y San Juan: «Porque le veremos TAL CUAL ES» (I Juan III, 2). No desear esta RECOMPENSA, este ENCUENTRO, es NO AMAR. No desear ver un día la Patria cuando se ha nacido en el exilio, es no amar.»

 

Nihil Obstat: Dr. Antonio Zaldúa Uriarte

Imprimátur: Bilbao, 14 de Setiembre de 1962. PABLO, Obispo de Bilbao

Fuente: Charlas sobre la gracia, Por Charles Journet

 

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Por: Padre Jordi Rivero

 

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Podemos decir que todas las religiones tienen elementos de la verdad.

 

Es el mismo Dios a quien los musulmanes llaman "Alá", los judíos "Yahveh" y los cristianos "Padre". La adoración de todos es grata a Dios siempre que nazca de un corazón sincero y humilde. Además, todas estas religiones tienen en común muchas verdades referentes a Dios, el hombre, el bien y el mal y nuestro destino eterno.

 

La Iglesia católica defiende la libertad religiosa de todos, busca el diálogo y la colaboración entre las religiones. Ciertamente, nadie debe ser forzado a creer. Pese a los errores cometidos por algunos en el pasado, la gran mayoría de los misioneros fueron respetuosos de la libertad de conciencia. No es justo olvidarse de eso.

 

El catecismo enseña: "nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza" CIC # 160. Pero el respeto y la tolerancia no deben conducir al relativismo. Dios nos ha revelado la verdad sobre si mismo y sobre sus designios para los hombres y estas verdades son necesarias para la plena realización del hombre y su salvación.

 

Dios viene a nuestro encuentro

 

El hombre siempre ha buscado a Dios. Buscar es bueno y necesario, pero siempre limitado. El hombre por si solo no logra llegar a Dios. Su religión está llena de torceduras y cegueras causadas por el pecado. Pero Dios no nos ha abandonado. Comenzó a preparar a la humanidad con Abraham y, en la plenitud de los tiempos, Dios mismo se ha dado a conocer plenamente en Su Hijo Jesucristo.

 

Quien encuentra a Cristo es como quien caminaba en la oscuridad con una vela. Cuando salió el sol todo quedó iluminado y su camino se hizo rápido y seguro. Ahora es capaz de ver toda la hermosura del paisaje que antes permanecía en penumbras. Igualmente, cuando aparece Jesucristo el alma queda iluminada por una luz inefable de la verdad divina.

 

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. -Juan 3,16

 

Jesús nos revela con su vida y sus palabras el infinito amor de Dios por cada uno de nosotros. El Espíritu Santo nos comunica este amor y nuestra vida es profundamente transformada y santificada. ¡descubrimos que no solo existe un Dios sino que somos sus hijos, capaces de participar en su vida divina! Esta gracia que experimentamos tiene un efecto transformador manifiesto en nuestro cambio de vida. Somos liberados de las ataduras del pecado que antes nos dominaban. El encuentro con Cristo nos capacita para una vida nueva. Esta realidad es testimoniada en la historia a través de los santos. "Por sus frutos los conoceréis" -Mateo 7,16.

 

San Pablo nos relata su experiencia:

 

A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida esta gracia: la de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo, y esclarecer cómo se ha dispensado el Misterio escondido desde siglos en Dios, Creador de todas las cosas, para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora manifestada a los Principados y a las Potestades en los cielos, mediante la Iglesia, conforme al previo designio eterno que realizó en Cristo Jesús, Señor nuestro, quien, mediante la fe en él, nos da valor para llegarnos confiadamente a Dios. -Ef 3,8-12.

 

...al Misterio escondido desde siglos y generaciones, y manifestado ahora a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria, al cual nosotros anunciamos, amonestando e instruyendo a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo. Por esto precisamente me afano, luchando con la fuerza de Cristo que actúa poderosamente en mí. -Colosenses 1,26-29

 

¿Todas las religiones son iguales?

 

La idea de que todas las religiones son iguales se asocia con apertura y de tolerancia. Pero primero hay que preguntarse: ¿es VERDAD que todas son iguales?, ¿Es Jesucristo tan solo un maestro mas, un camino entre muchos válidos caminos?.

 

A los que defienden el relativismo les pregunto: ¿Por qué no practican el relativismo cuando necesitan atención médica?. En caso de requerir una operación, para ser consecuentes con el relativismo, deberían decir: "no me importa quien me haga la cirugía, sea un brujo, un carnicero, un aprendiz o un cirujano con experiencia. Todos son iguales". En realidad no somos tan "flexibles" ni "abiertos" para las cosas que verdaderamente valoramos. ¿Acaso no tenemos cuidado de escoger lo mejor para nosotros y nuestros seres queridos?. Para eso tenemos inteligencia. Lo triste es que nos interesa mas la verdad sobre las cosas materiales que las espirituales, ponemos mas atención al cuerpo que al alma.

 

Quien considere a Cristo tan solo como uno mas de tantos que han hablado de Dios no le conoce. El mismo dijo: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida"

 

Díceles él (Jesús): «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Replicando Jesús le dijo:

«Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. -Mateo 16,15-17

 

Pedro fue escogido por Jesús para ser el primer Papa. Hasta el fin de los tiempos la Iglesia, encabezada en la tierra por el Papa, vicario de Cristo, enseñara siempre la plenitud de la verdad en su magisterio.

 

Muchas religiones comparten algunas verdades. Pero no debemos conformarnos con algunas verdades cuando podemos conocer a aquel que ES la verdad y fuente de toda la verdad: Jesucristo. Cristo revela la plenitud de la verdad en su propia persona. El es Emmanuel, Dios con nosotros. El fundó una Iglesia y le prometió estar siempre en ella. Le prometió la asistencia perenne del Espíritu Santo para garantizar que su magisterio contenga siempre toda la verdad y solo la verdad. Quien ha recibido este tesoro tiene una obligación por caridad de compartirlo.

 

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