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Por: Salvador Hernández

 

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“¿Has leído alguna vez la Biblia?” me preguntó. “Alguna vez…”, respondí y me dio una larga explicación sobre el Agamenón, sobre el fin del mundo…y que sólo me salvaría si seguí las enseñanzas de los setenta ancianos que guían a los auténticos Testigos de Jehová. Yo le oía pensando ¿este hombre fue alguna vez católico, ¿conocía entonces la Biblia en la misma cantidad, al menos que en su actual secta? Pero hay más.

¿Cómo es posible sacar a la Biblia tantas conclusiones erróneas como las que este señor me dio en tan solo 10 minutos? ¿Qué fuerza recibe de la palabra de Dios, aunque sea mal interpretada, que le hace predicarla en cualquier oportunidad?

 

La Biblia es un regalo de Dios para mejorar nos como Cristianos pero podemos utilizarla mal. Necesitamos leer la Biblia e interpretarla correctamente para conocer mejor lo que Dios piensa sobre nosotros, sobre nuestras vidas y sobre Él mismo.

Los siguientes boletines presentarán algunas bases necesarias para leer la Biblia desde la distancia correcta. Porque es un libro muy distante a nosotros: en el tiempo, en la cultura, en la mentalidad, en los avances o retrocesos científicos, etc.

Un completo estudio Bíblico debe hacerse desde estos cuatro aspectos:

1. Aspecto histórico: conocer la vida que rodeo la vida del escritor bíblico para comprender por qué escribió esas palabras y el verdadero sentido de sus enseñanzas.

2. Aspecto literario: conocer el estilo en que escribía cada autor, para no cambiarle es estilo a sus escritos.

3. Aspectos teológicos: conocer los mensajes de la Biblia con claridad y precisión. Es decir, conocer los principios y las normas fijas que Dios nos quiere enseñar con sus palabras, aunque las aplicaciones sean variadas según el pasar de los tiempos.

4. Aspecto espiritual: conocer lo que Dios propone personalmente a cada uno de nosotros para ser mejores cristianos. Es quizá el aspecto que más nos interesa a cada uno. Pero necesitamos de aspectos anteriores porque si no tomamos en cuenta todos los aspectos acabaremos sacando conclusiones equivocadas.

Importancia de la Biblia en nuestras vidas

La lectura de la Sagrada Escritura nos pone en contacto con la auténtica palabra de Dios, como la lectura de la carta de un amigo, nos pone a platicar con nuestro amigo. Para que nuestra lectura de la Biblia sea verdadera plática y conversación provechosa con Dios, debemos entrar en diálogo con Él, antes que buscar la simple instrucción y el estudio estéril. Cuando escuches la voz de Dios, no te endurezcas ni le cierres las puertas de tu corazón.

Dios nos ha hablado

Es importante observar cómo en las religiones fundadas por los hombres, son el intento del hombre para llegar a Dios. En las religiones bíblicas como la judía y la cristiana, el proceso es a la inversión porque es Dios quien toma la iniciativa de venir y hablar al hombre. Es Dios quien sale al encuentro del hombre para conversar con él. Y lo consigue “en los libros sagrados el padre que está en los cielos sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (CIC N. 104).

Revelación, historia de la salvación y la Biblia

Podemos preguntarnos cuánto se interesa Dios por nosotros. A veces, le sentimos muy cerca. Otras nos parece un ser lejano, casi extraño. Pero Dios quiere entrar en contacto con los hombres. Porque ama infinitamente a todos y a cada uno de los seres humanos. Por eso, toda la iniciativa del diálogo. Y habla en lugares y momentos concretos. Habla en la historia con palabras y con acciones. Habla para salvarnos. Por eso llamamos historia de la salvación al conjunto de las acciones que Dios hace en la vida de los humanos.

Dios nos manifiesta como es Él, cómo somos nosotros y cuál es su plan para toda la humanidad. Es lo que llamamos revelación. Y se realiza valiéndose de los diversos mediadores humanos, en un proceso lento y gradual, con acciones y palabras que se explican y complementan mutuamente.

La Biblia, pues, es el conjunto de los libros que relatan los incidentes de la historia y el progreso de la manifestación de Dios a los hombres. Está dividida en dos grandes bloques: Antiguo y Nuevo Testamento, cada uno con sus características propias.

Inicio de la revelación

La fe nos enseña que Dios se manifestó desde el antiguo testamento. Su finalidad fue preparar la venida de Jesucristo, salvador de toda la humanidad. Esta preparación Dios la llevó a cabo de muchas maneras junto con su pueblo elegido. Así, personas, alianzas, profecías, nacimientos o muertes, forman parte de una revelación que se realiza poco a poco. Dios se va expresando de una manera pedagógica para que aún el más simple pueda comprender. Sus libros conservan un valor permanente por ser inspirados. Sus enseñanzas no pueden ser revocadas aunque contengan elementos imperfectos y pasajeros, porque son verdadera palabra de Dios (CIC. Nos. 121 y 122).

La revelación de Dios en el Nuevo Testamento

Podemos preguntarnos ahora: ¿Qué lugar ocupa Jesucristo en esta revelación de Dios a los hombres? Jesús es la palabra de Dios hecha carne (Jn 1, 14). Él vino a dar plenitud y cumplimiento y hacer más comprensible cuanto había sido revelado en el Antiguo Testamento. Dios no dice muchas cosas. Dios dice sólo un apalabra: su verbo único, en Él dice toda su plenitud (CIC. N. 102).

El Nuevo Testamento es, “la plenitud de los tiempos” (Gál 4,4; Lc 16,16). Da cumplimiento a todas las esperanzas sembradas durante todo el Antiguo. Y así constituye la nueva y definitiva alianza que nunca cesará (CIC 124). Por eso, no hay que esperar ya ninguna otra revelación de Dios por supuesto nuevos y falsos testigos, hasta la gloriosa manifestación del mismo Jesucristo al final de los tiempos. (1 Tim 6, 14; Tt 2, 13).

Dios nos sigue hablando hoy

También podemos preguntarnos si Dios se ha olvidado de nosotros y ha callado. La respuesta a esta interrogante está en considerar que la palabra de Dios es algo vivo y cercano. Que nos sigue interpelando a cada uno de nosotros: Lo hace básicamente de dos modos:

1. Con las palabras: Dios se revela primeramente por palabras. Y sus palabras están escritas en la biblia. Ahí se contiene la palabra viva de Dios que ha resonado a lo largo de los siglos (Hb 4, 12-13). A través de esta palabra Dios habla sin interrupción con la Iglesia. De forma que, cuando en la Iglesia se lee la Sagrada Escritura, es Dios mismo que nos habla.

 

2. En los acontecimientos: No es completa la lectura de la Biblia si no perdura el diálogo recíproco que en el transcurso de los tiempos se debe establecer entre el Evangelio y nuestra vida concreta, tanto personal como social.

Actitudes ante la palabra de Dios

Es legítimo leer la Biblia buscando sus bellezas literarias o culturales. Pero nosotros debemos preocuparnos principalmente del mensaje religioso. Porque este libro se hizo con espíritu religioso. El conocimiento de la palabra de Dios, sea escrita o narrada en acontecimientos, nunca debe dejarnos neutrales o indiferentes. Nos pide la obediencia de la fe en cada paso y momento de nuestra vida. Así se convierte en fuente de salvación para nosotros (Rm1,5; 16,26). Porque estos son los planes de Dios. Y más si tenemos en cuenta que nosotros somos actores de los hechos de la historia de la salvación en cierto sentido.

 

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Por: Pbro. Héctor Pernía, mfc

 

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¿Existe el Purgatorio? ¿Es bíblico o invento de hombres?:

 

(292) Para encontrar donde sale en la Biblia debemos primero, conocer la raíz de la palabra ‘purgatorio’. Es un término; derivado de unir «purga»: purificar, limpiar; y «torio»: lugar para. Tal cual como estos otros ejemplos: «consul-torio»: lugar para consultas; «ora-torio»: lugar para orar; «observa-torio»: lugar para observar.

 

Revisemos en la Biblia dónde se nos habla sobre el purgatorio. Lo podemos inferir a partir de lo anunciado por el profeta Daniel: “Muchos serán purificados, lavados y acrisolados; los malvados seguirán haciendo el mal, sin que ninguno comprenda; pero los sabios comprenderán” (Dn 12,10); y en el Nuevo Testamento, por medio del Apóstol Pablo el Espíritu Santo lo revela con mayor claridad: “Un día, muchos que estén en pecado, tendrán que purificarse según sus obras hechas en esta vida, pero como a través del fuego” (1Cor 3,13-15). “Este daño o pena no se puede referir a la condena en el infierno ya que nadie se salva de allí, y no puede significar el cielo ya que no hay sufrimiento allí, no hay fuego. Sólo la doctrina del Purgatorio explica este pasaje”[1].

 

Más claro lo encontramos en este pasaje: “… Encontraron con que bajo las túnicas de cada muerto había idolitos de Jamnia, lo que está prohibido a los judíos por la Ley. El heroico Judas Macabeo luego efectuó una colecta que le permitió mandar a Jerusalén unas dos mil monedas de plata para que se ofreciese allí un sacrificio por el pecado. Era un gesto muy bello y muy noble, motivado por el convencimiento de la resurrección. Porque si no hubiera creído que los muertos resucitarían, habría sido inútil y ridículo orar por los muertos. Pero él presumía que una hermosa recompensa espera a los creyentes que se acuestan en la muerte, de ahí que su inquietud fuera santa y de acuerdo con la fe. Mandó pues ofrecer ese sacrificio de expiación por los muertos para que quedaran libres de sus pecados” (2Mac 12,40-46).

 

Pablo da ejemplo de orar por los difuntos pidiendo a Dios por el descanso eterno de su amigo Onésimo (cf. 2Tim 1,16-18).

 

Jesucristo reveló que no habría perdón de los pecados ni en esta vida ni en la otra para quienes pecan contra el Espíritu Santo (cf. Mt 12,32); pero, para los que pequen contra el Hijo del Hombre hizo entrever que sí habrá perdón, no sólo en esta vida, sino también en la otra. Pero ¿en cuál otra vida? No puede ser en el cielo, pues allí no hay pecadores – allí no entrará nada manchado” (Ap 21,27) –, y tampoco en el infierno, donde no hay ya salvación sino muerte eterna. Sólo queda una tercera posibilidad; un ‘lugar’ de purificación de los pecados: le decimos ‘purgatorio’.

 

En 1Jn 5,16-17 se nos pide que hagamos oración por quienes han cometido pecados que no son de muerte (¿pecados contra el Hijo del Hombre?) y que esa oración les salvará. ¿Dónde podrían estar sus almas? Y menciona otros que cometieron pecados que sí son de muerte (¿pecados contra el Espíritu Santo?), y dice el apóstol Juan que por ellos no hace falta que pidamos en la oración. ¿Dónde podrían estar estas otras almas? Los segundos, los que están en el infierno; y los primeros, por los pecados que tienen, no pueden todavía estar en el cielo. Sólo queda una opción: la Iglesia lo llama: el ‘purgatorio’.

 

Según algunos expertos el rico epulón se encontraba en el purgatorio y no en el infierno, puesto que dialogaba con Abraham y se preocupaba por sus hermanos, lo que sería imposible si se encontrara en el infierno, donde hay puro odio (cf. Lc 16,19-31).

 

Algunos objetan mostrando 2Sam 12,18 y diciendo, que en vano oraba David por su hijo difunto. Se les ha de aclarar que en ese pasaje en ningún momento se prohíbe orar por el perdón de los pecados de los difuntos. De eso no se habla allí. Al leer bien nos daremos cuenta que la oración de David no iba a recuperar la vida (física) del niño difunto, porque tal muerte, en ese texto, está representando exactamente que todo pecado trae como fruto: «la muerte del alma»; prefigurando lo que fue revelado en Stgo 1,15: “Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz al pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra muerte”. Notemos, por santa ‘Diocidencia bíblica’, que el pecado cometido por David fue de concupiscencia. Aquel niño había nacido fruto del asesinato que David ocasionó a Urías para él acostarse con su esposa. El hijo nacido de ese acto sexual representa que todo pecado engendra muerte. Si el niño, en ese contexto, hubiese vuelto a la vida, la enseñanza acerca del fruto que trae el pecado hubiese caído en contradicción.

 

Ver también: Bar 3,1-8; Dn 9,16.24; Ap 20,12-15.

 

Y los primeros cristianos, ¿creían en el Purgatorio?

 

(293) He aquí algunas evidencias:

 

a. Tertuliano (160–222 d. C.): “Cada día hacemos oraciones por los difuntos” [2]

 

b. San Juan Crisóstomo, Patriarca de Constantinopla (344-407 d. C.): “No en vano los Apóstoles introdujeron la conmemoración de los difuntos en la celebración de los Sagrados Misterios. Sabían ellos que esas almas sacan de ella gran provecho y utilidad”.[3]

 

c. Una inscripción encontrada en una de las tumbas de los cementerios de los primeros cristianos dice: “Oh, Señor, que estás sentado a la derecha de nuestro Padre, colocad entre vuestros santos el alma de Nectario, Expectato, Alejandro y Pompeyo, que el Señor os proporcione algún alivio”[4].

 

¿Con qué cuerpo resucitan los muertos?

 

(294) “Los que alcancen a ser dignos (…) ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles” (Lc 20,35-36).

 

“Seremos revestidos de un cuerpo celeste, si es que nos encontramos vestidos y no desnudos” (sin pecado) (2Cor 5,1-10).

 

“Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar (…) Hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres; pero uno es el resplandor de los cuerpos celestes y otro el de los terrestres. (…)” (1Cor 15,35-55; Jn 5,28-29).

 

¿Qué sucede con el alma luego que uno muere?[5]

 

(295) Cuando una persona muere, cesa su vida terrenal. Pero la vida del alma no cesa porque el alma no depende de la vida del cuerpo. El alma del hombre es espiritual, y es completamente independiente de nuestros órganos corporales y en sus operaciones. Cuando el cuerpo yace, en virtud de su naturaleza espiritual, el alma sobrevive.

 

Por tanto, no queda inconsciente, conserva la conciencia de sí misma, sus facultades y sus actos (cf. 2Cor 5,8; Lc 16,19-30).

 

[1] P. DIDIER, “El Purgatorio”, en «Catequesis virtual Jesús dice hoy», <https://www.youtube.com/watch?v=FzPze4jj 1t8>, (Ingreso: 15-04-2015).

[2] TERTULIANO, “De la corona”, 3, PL 2,79, ARRAIZ José Miguel, en «apologética católica», <http://www.apologeticacato lica.org/Masalla/Masalla28.html#_edn15>, (Ingreso: 25-07-2015).

[3] S JUAN CRISÓSTOMO, “Homilías sobre la Carta a los Filipenses”, 3, 4: PG 62, 203, ARRÁIZ José M. Op. Cit.

[4] P. DIDIER, Op. Cit.

[5] CONCORDANCIA DOCTRINAL CATÓLICA, “El Infierno”, en «e-Sword». Op cit.

 

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La celebración de la Pascua del Señor, constituye, sin duda, la fiesta primordial del año litúrgico. De aquí que, cuando en el siglo II, la Iglesia comenzó a celebrar anualmente el misterio pascual de Cristo, advirtió la necesidad de una preparación adecuada, por medio de la oración y del ayuno, según el modo prescrito por el Señor. Surgió así la piadosa costumbre del ayuno infrapascual del viernes y sábado santos, como preparación al Domingo de Resurrección.

 

Los primeros pasos

 

Paso a paso, mediante un proceso de sedimentación, este período de preparación pascual fue consolidándose hasta llegar a constituir la realidad litúrgica que hoy conocemos como Tiempo de Cuaresma. Influyeron también, sin duda, las exigencias del catecumenado y la disciplina penitencial para la reconciliación de los penitentes.

 

La primitiva celebración de la Pascua del Señor conoció la praxis de un ayuno preparatorio el viernes y sábado previos a dicha conmemoración.

 

A esta práctica podría aludir la Traditio Apostolica, documento de comienzos del siglo III, cuando exige que los candidatos al bautismo ayunen el viernes y transcurran la noche del sábado en vela. Por otra parte, en el siglo III, la Iglesia de Alejandría, de hondas y mutuas relaciones con la sede romana, vivía una semana de ayuno previo a las fiestas pascuales.

 

En el siglo IV se consolida la estructura cuaresmal de cuarenta días

 

De todos modos, como en otros ámbitos de la vida de la Iglesia, habrá que esperar hasta el siglo IV para encontrar los primeros atisbos de una estructura orgánica de este tiempo litúrgico. Sin embargo, mientras en esta época aparece ya consolidada en casi todas las Iglesias la institución de la cuaresma de cuarenta días, el período de preparación pascual se circunscribía en  Roma a tres semanas de ayuno diario, excepto sábados y domingos. Este ayuno prepascual de tres semanas se mantuvo poco tiempo en vigor, pues a finales del siglo IV, la Urbe conocía ya la estructura cuaresmal de cuarenta días.

 

El período cuaresmal de seis semanas de duración nació probablemente vinculado a la práctica penitencial: los penitentes comenzaban su preparación más intensa el sexto domingo antes de Pascua y vivían un ayuno prolongado hasta el día de la reconciliación, que acaecía durante la asamblea eucarística del Jueves Santo. Como este período de penitencia duraba cuarenta días, recibió el nombre de Quadragesima o Cuaresma.

 

¿Por qué inicia un miércoles?

 

Cuando en el siglo IV, se fijó la duración de la Cuaresma en 40 días, ésta comenzaba 6 semanas antes de la Pascua, en domingo, el llamado domingo de "cuadragésima". Pero en los siglos VI-VII cobró gran importancia el ayuno como práctica cuaresmal. Y aquí surgió un inconveniente: desde los orígenes nunca se ayunó en día domingo por ser "día de fiesta", la celebración del día del Señor. Entonces, se movió el comienzo de la Cuaresma al miércoles previo al primer domingo de ese tiempo litúrgico como medio de compensar los domingos y días en los que se rompía el ayuno.

 

Dicho miércoles, los penitentes, por la imposición de la ceniza, ingresaban en el orden que regulaba la penitencia canónica. Cuando la institución penitencial desapareció, el rito se extendió a toda la comunidad cristiana: este es el origen del Miércoles de Ceniza o "Feria IV anerum".

 

¿Por qué la ceniza?

 

La imposición de cenizas marca el inicio de la cuaresma en la que los cristianos católicos nos preparamos para celebrar la Pascua con cuarenta días de austeridad, a semejanza de la cuarentena de Cristo en el desierto, también la de Moisés y Elías.

 

Las cenizas nos recuerdan:

 

  • El origen del hombre: "Dios formó al hombre con polvo de la tierra" (Gen 2,7).
  • El fin del hombre: "hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho" (Gn 3,19).
  • Dice Abrahán: "Aunque soy polvo y ceniza, me atrevo a hablar a mi Señor" (Gn 18,27).
  • "todos expiran y al polvo retornan" (Sal 104,29)

La raíz de la palabra "humildad" es "humus" (tierra). La ceniza es un signo de humildad, nos recuerda lo que somos.

 

Las cenizas, como polvo, son un signo muy elocuente de la fragilidad, del pecado y de la mortalidad del hombre, y al recibirlas se reconoce su limitación; riqueza, ciencia, gloria, poder, títulos, dignidades, de nada nos sirven.

 

En el Antiguo Testamento la ceniza simboliza dolor y penitencia que era practicada para reflejar el arrepentimiento por los pecados cometidos:

 

  • "Por eso me retracto, y me arrepiento en el polvo y la ceniza." (Job 42,6)
  • "Ellos harán oír su clamor a causa de ti, y gritarán amargamente. Se cubrirán la cabeza de polvo y se revolcarán en la ceniza." (Ez 27,30)
  • "Un hombre de Benjamín escapó del frente de batalla y llegó a Silo ese mismo día, con la ropa desgarrada y la cabeza cubierta de polvo." (1 Sam 4, 12)
  • "Al tercer día, llegó un hombre del campamento de Saúl, con la ropa hecha jirones y la cabeza cubierta de polvo. Cuando se presentó ante David, cayó con el rostro en tierra y se postró." (2 Sam 1, 2)
  • "¡Cíñete un cilicio, hija de mi pueblo, y revuélcate en la ceniza, llora como por un hijo único, entona un lamento lleno de amargura! Porque en un instante llega sobre nosotros el devastador." (Jer 6, 26)
  • "Gemid, pastores, y clamad; revolcaos en ceniza , mayorales del rebaño; porque se han cumplido los días de vuestra matanza y de vuestra dispersión, y caeréis como vaso precioso." (Jer 25, 34)
  • "En tierra están sentados, en silencio, los ancianos de la hija de Sion. Han echado polvo sobre sus cabezas, se han ceñido de cilicio. Han inclinado a tierra sus cabezas las vírgenes de Jerusalén." (Lam 2, 10)
  • "Cuando llegó la noticia al rey de Nínive, se levantó de su trono, se despojó de su manto, se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza." (Jonas 3, 6)
  • "Cuando Mardoqueo supo todo lo que se había hecho, rasgó sus vestidos, se vistió de cilicio y ceniza, y salió por la ciudad, lamentándose con grande y amargo clamor." (Ester 4, 1)

El mismo Señor Jesús declara que si la buena nueva es proclamada, lo es para que nos arrepintamos y convirtamos al Único y Verdadero Dios, a Él que es el CAMINO, VERDAD Y VIDA:

 

¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros que se hicieron en vosotras se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se hubieran arrepentido en cilicio y ceniza. (Mt 11, 21; Lc 10,13)

 

La costumbre de imponer la ceniza se practica en la Iglesia desde sus orígenes. En la tradición judía, el símbolo de rociarse la cabeza con cenizas manifestaba el arrepentimiento y la voluntad de convertirse: la ceniza es signo de la fragilidad del hombre y de la brevedad de la vida.

 

Al inicio del cristianismo se imponía la ceniza especialmente a los penitentes, pecadores públicos que se preparaban durante la cuaresma para recibir la reconciliación. Vestían hábito penitencial y ellos mismos se imponían cenizas antes de presentarse a la comunidad. En los tiempos medievales se comienza a imponer la ceniza a todos los fieles cristianos con motivo del Miércoles de Ceniza, significando así que todos somos pecadores y necesitamos conversión. La cuaresma es para todos.

 

Las cenizas se obtienen al quemar las palmas (en general de olivo) que se bendijeron el anterior Domingo de Ramos. Se debe aclarar que no tendría sentido recibir las cenizas si el corazón no se dispone a la humildad y la conversión que representan.

 

Como se imparten las cenizas

 

La bendición e imposición de la ceniza tiene lugar en la misa, después de la homilía. En circunstancias especiales, por ejemplo, cuando no hay sacerdote, se puede hacer sin misa, pero siempre dentro de una celebración de la Palabra.

 

Las cenizas son impuestas en la frente del fiel, haciendo la señal de la cruz con ellas mientras el ministro dice las palabras Bíblicas: "Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás", o "Conviértete y cree en el Evangelio".

 

Las cenizas son un sacramental. Estos no confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia los sacramentales "preparan a recibirla y disponen a cooperar con ella" Catecismo (1670 ss.).

 

¿Y por qué cuarenta días?

 

El significado teológico de la Cuaresma es muy rico. Su estructura de cuarentena conlleva un enfoque doctrinal peculiar.

 

En efecto, cuando el ayuno se limitaba a dos días -o una semana a lo sumo-, esta praxis litúrgica podía justificarse simplemente por la tristeza de la Iglesia ante la ausencia del Esposo, o por el cli­ma de ansiosa espera; mientras que el ayuno cuares­mal supone desde el principio unas connotaciones propias, impuestas por el significado simbólico del número cuarenta.

 

En primer lugar, no debe pasarse por alto que toda la tradición occidental inicia la Cuaresma con la lectura del evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto: el período cuaresmal constituye, pues, una experiencia de desierto, que al igual que en el caso del Señor, se prolonga durante cuarenta días.

 

En la Cuaresma, la Iglesia vive un combate espiritual intenso, como tiempo de ayuno y de prueba. Así lo manifiestan también los cuarenta años de peregrinación del pueblo de Israel por el Sinaí.

 

Otros simbolismos enriquecen el número cuarenta, como se advierte en el Antiguo y Nuevo Testamento. Así, la cuarentena evoca la idea de preparación: cuarenta días de Moisés y Elías previos al encuentro de Yahveh; cuarenta días empleados por Jonás para alcanzar la penitencia y el perdón; cuarenta días de ayuno de Jesús antes del comienzo de su ministerio público. La Cuaresma es un período de preparación para la celebración de las solemnidades pascuales: iniciación cristiana y reconciliación de los penitentes.

 

Por último, la tradición cristiana ha interpretado también el número cuarenta como expresión del tiempo de la vida presente, anticipo del mundo futuro. El Concilio Vaticano II(cfr. SC 109) ha señalado que la Cuaresma posee una doble dimensión, bautismal y penitencial, y ha subrayado su carácter de tiempo de preparación para la Pascua en un clima de atenta escucha a la Palabra de Dios y oración incesante.

 

El período cuaresmal concluye la mañana del Jueves Santo con la Misa Crismal -Missa Chrismalis- que el obispo concelebra con sus presbíteros. Esta Misa manifiesta la comunión del obispo y sus presbíteros en el único e idéntico sacerdocio y ministerio de Cristo. Durante la celebración se bendicen, además, los santos óleos y se consagra el crisma.

 

En resumen, el tiempo de Cuaresma se extiende desde el miércoles de Ceniza hasta la Misa de la cena del Señor exclusive. El miércoles de Ceniza es día de ayuno y abstinencia; los viernes de Cuaresma se observa la abstinencia de carne. El Viernes Santo también se viven el ayuno y la abstinencia.

 

¿Cómo se fija la fecha de la Pascua?

 

Para el cálculo hay que establecer unas premisas iniciales:

 

  • La Pascua ha de caer en domingo.
  • Este domingo ha de ser el siguiente al plenilunio pascual (la primera luna llena de la primavera boreal). Si esta fecha cayese en domingo, la Pascua se trasladará al domingo siguiente para evitar la coincidencia con la Pascua judía.
  • La luna pascual es aquella cuyo plenilunio tiene lugar en el equinoccio de primavera (vernal) del hemisferio norte (de otoño en el sur) o inmediatamente después.
  • Este equinoccio tiene lugar el 20 o 21 de marzo.
  • Se llama epacta a la edad lunar. En concreto interesa para este cálculo la epacta del año, la diferencia en días que el año solar excede al año lunar. O dicho más fácilmente, el día del ciclo lunar en que está la Luna el 1 de enero del año cuya Pascua se quiere calcular. Este número -como es lógico- varía entre 0 y 29.

 

Es un cálculo complejo, que mejor se lo dejamos a los expertos.

 

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