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Roma ha hablado, asunto arreglado.

 

Para aquellos no-Católicos que culpan a la Iglesia Católica de no agregarse a las iglesias Protestantes, he aquí las razones.

Año 1928 - Amenazante Error Doctrinal [la Encíclica "Mortalium Animos"]
CARTA ENCICLICA DE NUESTRO SANTO PADRE EL PAPA PIO XI
POR LA DIVINA PROVIDENCIA ACERCA DE
"COMO SE HA DE FOMENTAR LA VERDADERA UNIDAD RELIGIOSA"

SU SANTIDAD PIO XI: VENERABLES HERMANOS SALUDOS Y BENDICION APOSTOLICA.
Nunca quizás como en los actuales tiempos se ha apoderado del corazón de todos los hombres un tan vehemente deseo de fortalecer y aplicar al bien común de la sociedad humana los vínculos de fraternidad que, en virtud de nuestro común origen y naturaleza, nos unen y enlazan a unos con otros.


Porque no gozando todavía las naciones plenamente de los frutos de la paz, antes lo contrario, estallando en varias partes discordias nuevas y antiguas, en forma de sediciones y luchas civiles y no pudiéndose además dirimir las controversias, harto numerosas, acerca de la tranquilidad y prosperidad de los pueblos sin que intervengan el esfuerzo y la concurrencia activa de aquellos que gobiernan los Estados y promueven fomentando sus intereses, fácilmente se entiende -mucho más conviniendo todos en la unidad del género humano-, por qué son tantos los que anhelan ver diariamente a las naciones cada vez más unidas entre sí por esta fraternidad universal.


Cosa muy parecida algunos se esfuerzan por conseguir en lo referente a la ordenación de la nueva ley promulgada por Jesucristo Nuestro Señor. Convencidos de que son rarísimos los hombres privados de todo sentimiento religioso, parecen haber visto en ello la esperanza de que no será difícil que los pueblos, aunque disientan unos de otros en materia de religión, convengan fraternalmente en la profesión de algunas doctrinas que sean como fundamento común de la vida espiritual. Con tal fin, suelen ellos mismos organizar congresos, reuniones y conferencias, con no escaso número de oyentes, e invitar a todos, a los infieles de todo género, a cristianos y hasta a aquellos que apostataron miserablemente de Cristo o con obstinada pertinacia niegan la divinidad de su Persona o misión, a discutir allí promiscuamente.

 

Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los Católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues aunque de distinto modo, todas manifiestan y significan igualmente aquél ingénito y nativo sentimiento con el cual somos llevados a Dios y reconocemos obedientemente su imperio, cuantos sustentan esta opinión, no solo yerran y se engañan, sino también distorsionan la idea de la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, la rechazan y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios. Pero donde con falaz apariencia de bien se engañan más fácilmente algunos, es cuando se trata de fomentar la unión de todos los Cristianos. ¿Acaso no es justo -suele repetirse- y no es hasta conforme con el deber, que cuantos invocan el nombre de Cristo se abstengan de mutuas recriminaciones, y se unan por fin con vínculos de mutua caridad? ¿Y quién se atreverá a decir que amó a Cristo, sin haber procurado con todas sus fuerzas realizar los deseos que El manifestó al rogar a Su Padre que Sus discípulos fuesen una sola cosa (Juan 17,21)? Y el mismo Cristo ¿por ventura no quiso que Sus discípulos se distinguiesen y diferenciasen de los demás por este rasgo y señal de amor mutuo: « En esto conocerán todos que sóis mis discípulos, en que os améis unos a
otros »? (Juan 13,35). ¡Ojalá -añaden- fuesen como uno solo todos los Cristianos! Mucho más podrían hacer para rechazar la peste de la impiedad, que, como una serpiente deslizándose y abarcando a diario cada vez más, se prepara para robarle fuerza al Evangelio y debilitarlo.

 

Estos y otros argumentos parecidos divulgan los llamados "pancristianos"; los cuales, lejos de ser pocos en número, han llegado a formar legiones y a agruparse en asociaciones ampliamente extendidas, bajo la dirección, las más de ellas, de hombres no-Católicos, aunque imbuídas y discordes entre sí en materia de fe con variadas doctrinas.

 

Este esfuerzo es promovido tan activamente en tantos lugares para ganar la adherencia de un gran número de ciudadanos, tomando incluso posesión de las mentes de mucho Católicos a quienes atraen con la esperanza de dicha unión, agradable y deseada por la Santa Madre Iglesia, quien ciertamente no tiene otro deseo mayor que llamar a sus hijos errantes para guiarlos a su regazo. Pero en realidad, debajo de estas palabras seductoras y mentiras lisonjeras, se esconde un grave error, siendo este subversivo a los fundamentos de la fe Católica.


Exhortándolos, pues, por la conciencia de nuestro oficio Apostólico no debiendo permitir que el rebaño del Señor sea engañado por perniciosas falacias, invocamos vuestro celo, Venerables Hermanos, para evitar tan grave mal, pues confiamos en que cada uno de vosotros, por escrito y de palabra, podrá más fácilmente comunicarse con el pueblo y hacerle conocer y entender mejor los principios y argumentos que vamos a exponer, y con los cuales los Católicos aprenderán la norma de pensamiento y práctica en cuanto se refiere al intento de unir de cualquier manera en un solo cuerpo a todos los hombres que se llaman Cristianos.


Dios, Creador del universo nos ha creado a los hombres con el fin de que Le conozcamos y Le sirvamos. Tiene, pues, nuestro Creador perfectísimo derecho a ser servido por nosotros. Pudo ciertamente Dios haber prescrito para el gobierno de los hombres una sola ley, la de la naturaleza, ley esculpida por Dios en el alma del hombre al crearle; y ha regulado los progresos de esa misma ley con solo Su providencia ordinaria; pero prefirió en vez de ella imponer El mismo los preceptos, que habíamos de obedecer; y en el decurso de los tiempos, esto es, desde los orígenes del género humano hasta la venida y predicación de Jesucristo, El mismo enseñó a los hombres, los deberes que su naturaleza racional debe a su Creador: « Dios que en otros tiempos habló a nuestros padres en diferentes ocasiones y de muchas maneras, por medio de los profetas, nos ha hablado últimamente por Su Hijo Jesucristo » (Hebreos 1,1-2). Evidentemente se observa que ninguna religión puede ser verdadera fuera de aquella que se funda en la palabra revelada por Dios: revelación que iniciada desde el principio, y continuada bajo la Antigua Ley, fue perfeccionada por el mismo Cristo Jesús bajo la Nueva Ley. Ahora bien, si Dios ha hablado -y es certeza histórica que verdaderamente El habló- es evidente que el hombre está obligado a creer absolutamente la revelación de Dios y a obedecer implícitamente sus mandatos; con el fin de que bien cumpliésemos ambos para la gloria de Dios y salvación nuestra, el Hijo Unigénito de Dios fundó Su Iglesia en la tierra. Más aún, creemos que aquellos que se proclaman Cristianos no negarán que una Iglesia, y solo esa única Iglesia, fue establecida por Cristo.


Mas si se preguntara de qué naturaleza debe ser esa Iglesia de acuerdo a la voluntad de su Fundador, entonces no todos están de acuerdo. Muchos de ellos por ejemplo, niegan que la Iglesia de Cristo deba ser visible y manifiesta, a lo menos en el grado que deba mostrarse como un solo cuerpo de fieles, concordes en una misma doctrina y bajo un solo magisterio y gobierno. Pero, por el contrario, entienden por una Iglesia visible nada más que una federación compuesta por las variadas comunidades Cristianas, aunque cada una de ellas se adhiera a diferentes doctrinas, que en muchos casos, pueden ser incompatibles unas con otras. En lugar de ello, Cristo Nuestro Señor instituyó Su Iglesia como una sociedad perfecta, externa y perceptible a los sentidos, por su propia naturaleza, a fin de que prosiguiese realizando en el futuro, la obra de salvación del género humano, bajo la guía de una sola cabeza (Mateo 16,18; Lucas 22,32; Juan 21,15-17), con magisterio de viva voz y por medio de la administración de los sacramentos, fuentes de gracia divina (Juan 3,5; 6,48-59; 20,22; Mateo 18,18). Por ello, El afirmó en comparación la similitud de la Iglesia a un reino (Mateo 13), a una casa (Mateo 16,18), a un aprisco (Juan 10,16) y a una grey (Juan 21,15-17). Esta Iglesia, tan maravillosamente fundada, no podría ciertamente cesar ni extinguirse con la muerte de su Fundador y los Apóstoles que fueron los pioneros en propagarla, puesto que a ella se le confió el mandato de conducir a la eterna salvación a todos los hombres, sin excepción de lugar ni de tiempo: « Id, pues, e instruíd a todas las naciones » (Mateo 23,19). Y en el continuo cumplimiento de su oficio no podrá faltarle a la Iglesia la fortaleza ni la eficacia cuando Cristo mismo está perpetuamente asistiéndola con Su presencia, de acuerdo a Su solemne promesa: « He aquí que Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos » (Mateo 28,20). Por tanto, la Iglesia de Cristo no solo ha de existir necesariamente hoy y siempre, sino también es exactamente la misma como fue en los tiempos apostólicos, si no queremos decir -y de ello estamos muy lejos- que Cristo Nuestro Señor no efectuó Su propósito, o que se equivocó cuando acertó que las puertas del infierno núnca habrían de prevalecer contra ella (Mateo 26,18).


Y aquí, nos parece oportuno exponer y refutar una falsa opinión de la cual depende toda esta cuestión al igual que el complejo movimiento por el cual los no-Católicos buscan formalizar la unión de las iglesias Cristianas. Los autores de este proyecto no dejan de repetir las palabras de Cristo « A fin de que todos sean uno... Habrá un solo rebaño y un solo pastor » (Juan 17,21; 10,16) de tal manera las entienden que según ellos, Jesús meramente expresa solo un deseo y una oración que aún carece de cumplimiento. Pues ellos son de la opinión de que la unidad de fe y de gobierno lo cual distingue a la verdadera Iglesia de Cristo, casi no ha existido y no existe en nuestros días. Consideran que esta unidad debe ciertamente ser deseada y se logrará mediante la cooperación y buena voluntad, pero mientras tanto, habrá que considerarla sólo como un ideal. Añaden que la Iglesia en sí misma o por su propia naturaleza está dividida en secciones, es decir, está compuesta por varias iglesias o comunidades distintas, que aún permanecen separadas, y que aunque coinciden en algunos artículos doctrinales, difieren en lo demás; que todas ellas gozan de los mismos derechos; y que la Iglesia siempre permaneció una, única y sin división a lo sumo desde la edad apostólica hasta los primeros Concilios Ecuménicos. Por lo tanto, -dicen ellos- las controversias y largas diferencias de opinión que hasta el presente mantienen a los miembros de la familia Cristiana dividida, deben ser abandonadas y de las doctrinas que queden, extraer una forma de fe común y una propuesta de creencia, con cuya profesión, todos puedan no ya saberse sino sentirse hermanos. Si las múltiples iglesias o comunidades estuvieran unidas en un tipo de federación universal, entonces estarían en una posición sólida para resistir exitosamente el progreso de la impiedad.


Esto, Venerables Hermanos, es lo que comúnmente se dice. Hay ciertamente quien reconoce y afirma que el Protestantismo, como lo llaman, ha rechazado con una gran carencia de consideración, ciertos artículos de la fe y algunas ceremonias externas, que son de hecho, agradables y útiles, mismas que la Iglesia Romana por el contrario aún retiene. Prestos añaden, que la Iglesia también ha errado y que corrompió la religión primitiva al agregar y proponer por creencia ciertas doctrinas que no son solo ajenas al Evangelio, sino repugnantes al mismo. Sobre todas ellas enumeran la concerniente a la primacía de jurisdicción adjudicada a Pedro y sus sucesores en la Sede de Roma. Entre ellos hay algunos, aunque pocos, que conceden al Pontífice de Roma una primacía de honor o incluso una cierta jurisdicción o potestad, pero esto, sin embargo, no consideran que desciende de la ley divina sino del consentimiento de los fieles. Otros en cambio aún llegan a desear que el mismo Pontífice presida sus coloridas asambleas. Pero, por lo demás, aunque muchos no-Católicos puedan ser encontrados predicando con gran voz su comunión fraternal en Cristo Jesús, no encontraréis ninguno a quien se le ocurra sujetarse y obedecer al Vicario de Jesucristo ni en su capacidad de maestro ni de gobernante. Mientras tanto, ellos aseveran que están dispuestos a tratar gustosos con la Iglesia de Roma, pero en términos equitativos, esto es, tan iguales con un igual: pero incluso si ellos pudieran actuar así, no cabría duda de que cualquier pacto al que se pudieran comprometer no los obligaría a abandonar sus opiniones que son a final de cuentas la razón por la que continúan errando y vagando fuera del único rebaño unido de Cristo.


Siendo esto así, es claro que la Sede Apostólica de ninguna manera puede participar en estas asambleas, tampoco es lícito para ningún Católico apoyar o trabajar para tales proyectos; pues si lo hicieran darían aprobación a una falsa Cristiandad, totalmente ajena a la única Iglesia de Cristo. ¿Habremos de sufrir, -lo que verdaderamente es inicuo- la verdad, y una verdad divinamente revelada, sometida a ser sujeto de transacciones? Porque aquí la cuestión es defender la verdad revelada por Jesucristo. Cristo Jesús envió a Sus Apóstoles para penetrar en todas las naciones con la fe evangélica, y para que ellos no erraran, El quiso previamente que ellos fueran instruidos por el Espíritu Santo (Juan 16,13), ¿acaso esta doctrina de los Apóstoles ha descaecido del todo, o siquiera se ha debilitado alguna vez en la Iglesia, a quien Dios mismo asiste dirigiéndola y custodiándola? Si nuestro Redentor manifestó expresamente que Su Evangelio había de continuar no solo durante el tiempo de los Apóstoles, sino también a edades futuras, ¿habrá podido hacerse la doctrina de la fe con el proceso del tiempo tan oscura e incierta, que sea hoy necesario tolerar hasta las opiniones incompatibles entre sí? Si esto fuere verdad, habría que confesar que la venida del Espíritu Santo a infundirse en los Apóstoles, y la perpetua morada del mismo Espíritu en la Iglesia, y hasta la misma predicación de Jesucristo, habrían perdido hace muchos siglos toda eficacia y utilidad; afirmación que sería ciertamente blasfema. Sin embargo, cuando el Hijo Unigénito de Dios mandó a Sus representantes que enseñasen a todas las naciones, impuso a todos los hombres la obligación de dar fe de cuanto les fuese enseñado por "los testigos de antemano elegidos por Dios" (Hechos 10,41), y también confirmó Su mandato con Su sanción: « El que creyere y fuere bautizado, se salvará; mas el que no creyere será condenado » (Marcos 16,16). Estos dos mandatos de Cristo que han de ser cumplidos ambos, el de instruir y el de creer, no pueden siquiera entenderse si la Iglesia no propone una enseñanza íntegra y comprensible, y es inmune al peligro del error cuando así enseña. Respecto a este tema, aquellos también se alejan del camino recto al pensar que una vida entera difícilmente sería suficiente para encontrar y poseer el depósito de la verdad y que es un problema arduamente laborioso y de largas discusiones, como si Dios todo misericordioso hubiese hablado por medio de los profetas y Su Hijo Unigénito para que lo revelado por ellos solo pudisen conocerlo unos pocos, y ésos ya ancianos; y como si esa revelación no tuviese como objetivo inculcar la doctrina de fe y moral, por la cual se ha de regir el hombre durante todo el curso de su vida moral.

 

Estos "pancristianos" tan atentos a unir las iglesias, parecieran perseguir verdaderamente el nobilísimo ideal de fomentar la caridad entre todos los Cristianos. Pero ¿cómo es posible que esta caridad tienda a dañar la fe? Nadie ciertamente ignora que San Juan, el Apóstol mismo de la caridad, que en su Evangelio parece descubrir los secretos mismos del Sagrado Corazón de Jesús, y que núnca dejó de inculcar continuamente en la memoria de sus discípulos el nuevo precepto "Amaos los unos a los otros" prohibió absolutamente todo trato y comunicación con aquellos que profesen una versión mutilada y corrupta de la enseñanza de Jesucristo: « Si alguno viene a vosotros y no lleva esa doctrina, no le recibáis en casa ni le saludéis » (II Juan v.10). Por esta misma razón, puesto que la caridad se basa en una fe completa y sincera, los discípulos de Cristo deben permanecer unidos principalmente por el vínculo de una misma fe. ¿Quién pues puede concebir una federación Cristiana, en la que cada uno de sus miembros pueda, hasta en materia de fe, retener sus opiniones y juicios propios aunque sean repugnantes a las opiniones de los demás? ¿Y de qué manera, preguntamos, podrían pertenecer a una sola y misma federación de fieles los hombres que defienden opiniones contrarias? por ejemplo, los que afirman y los que niegan que la Sagrada Tradición es fuente genuina de la Divina Revelación; los que afirman que una jerarquía eclesiástica formada de obispos, presbíteros y ministros del altar ha sido constituida por la Divinidad, y aquellos que mantienen que ha sido introducida poco a poco de acuerdo a las circunstancias del tiempo; aquellos que adoran a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía a través de la maravillosa conversión del pan y el vino, llamada transubstanciación, y aquellos que afirman que Cristo está presente solo por la fe o por el signo y virtud del Sacramento; los que en la misma Eucaristía reconocen la naturaleza de ambos, el Sacramento y el Sacrificio, y los que sostienen que solo es un recuerdo o conmemoración de la Cena del Señor; aquellos que estiman buena y útil la suplicante invocación en oración de los santos que reinan con Cristo, especialmente la de la Virgen María Madre de Dios, y la veneración de sus imágenes, y los que instan a que tal veneración no debe hacerse por ser contraria al honor debido al único « Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús » (I Timoteo 2,5).


¿Cómo tan grave diversidad de opiniones, podrá abrir camino para efectuar la unidad no conocida de la Iglesia? esa unidad solamente puede surgir de un solo magisterio, de una sola ley de creencia y de una sola fe de los Cristianos. En cambio, ciertamente sabemos, que de esta diversidad de opiniones es fácil el paso a la negligencia de toda religión o "indiferentismo", y al llamado "modernismo", con el cual los que están desdichadamente infectados con esos errores, sostienen que la verdad dogmática no es absoluta sino relativa, o sea, que concuerda con las variadas necesidades de tiempo y lugar, y con las diversas tendencias de las mentes, no hallándose contenida en una revelación inmutable, sino capáz de ser acomodable a la vida de los hombres.


Además de esto, concerniente a las cosas que deben creerse, no es de ningún modo lícito introducir aquella distinción entre los artículos de la fe que son fundamentales y aquellos que no son fundamentales, -como gustan decir-, como si los primeros deberían ser aceptados por todos, mientras que los segundos, por el contrario, podrían dejarse al libre arbítrio de los fieles: porque la virtud sobrenatural de la fe tiene una causa formal, llamada la autoridad de Dios Revelador, quien no admite ninguna distinción de esta clase. Por esta razón es que todos aquellos que son verdaderamente de Cristo, creen por ejemplo la Concepción de la Madre de Dios ser sin mancha de pecado original con la misma fe como creen en el misterio de la Augusta Trinidad; y la Encarnación de Nuestro Señor al igual que creen con la misma firmeza la autoridad de la enseñanza infalible del Pontífice Romano de acuerdo al mismo sentido con que lo definiera el Concilio Ecuménico del Vaticano. ¿Acaso estas verdades no son igualmente ciertas, o del mismo modo creíbles porque la Iglesia las sancionó solemnemente y las definió algunas en una edad y algunas en otra, incluso en aquellos tiempos inmediatamente anteriores a los nuestros? ¿No las reveló todas Dios? Pues la autoridad de enseñanza que posee la Iglesia, misma que en la sabiduría del designio divino fue consituida en la tierra a fin de que las doctrinas reveladas perduraren intactas para siempre, y que llegasen con mayor facilidad y seguridad al conocimiento de los hombres, hecho que es diariamente ejercido a través del Pontífice Romano y los Obispos que están en comunión con él, quienes poseen también el oficio de definir, cuando amerite, cualquier verdad con decretos y ritos solemnes, cuando esto sea necesario, ya sea en oposición a los errores o impugnaciones de los herejes, o para inculcar en la mente de los fieles más claramente y con gran detalle los artículos de la Doctrina Sagrada que ha sido explicada. Sin embargo, en el uso de esta extraordinaria autoridad para enseñar, ninguna invención es presentada, tampoco novedad alguna es agregada al número de aquellas verdades que están por lo menos contenidas implícitamente en el depósito de la Revelación, divinamente transferido a la Iglesia: solo aquéllos puntos que son clarificados, mismos que parecieran oscuros a algunos, o aquellos que han sido cuestionados previamente, son declarados elementos de fe.
Bien claro se muestra pues, Venerables Hermanos, por qué esta Sede Apostólica núnca ha permitido a los suyos que participen en las asambleas no-Católicas:


ya que la unidad de los Cristianos solo puede fomentarse por medio de la promoción del retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, de la cual en el pasado, desdichadamente se alejaron. A esa única y verdadera Iglesia de Cristo, decimos, es visible a todos, misma que perdurará, de acuerdo a la voluntad de su Fundador, exactamente la misma como El la instituyó. Durante el transcurso de los siglos, la esposa mística de Cristo no ha sido contaminada, ni podrá contaminarse jamás como bien atestigua San Cipriano: "La esposa de Cristo no puede serle infiel a su esposo: es incorruptible y modesta. Ella conoce una morada, custodia con casto pudor la santidad de su recinto nupcial" (S. Cipr. de la unidad de la Iglesia. 4.) El mismo santo mártir se maravilla con justa razón de que alguien pudiése creer que "esta unidad en la Iglesia, surgida de cimientos divinos y tejida por medio de celestiales Sacramentos, pudiése desgarrarse y dividirse por el disentimiento de las voluntades discordes" (S. Cipr. de la unidad de la Iglesia. 4.) Puesto que el cuerpo místico de Cristo, es uno (1 Corintios 12,12) de la misma manera que Su Cuerpo físico es uno, compacto y conexo, (Efesios 4,16), sería necedad y estaría fuera de lugar decir que el cuerpo místico está formado de miembros que están desunidos y dispersos fuera de sitio: quien no esté unido con el cuerpo no es un miembro del mismo, tampoco está en comunión con Cristo, su cabeza (Efesios 5,30; 1,22).


Ahora bien, en esta única Iglesia de Cristo, ningún hombre que no acepte, reconozca y obedezca la autoridad y supremacía de Pedro y sus legítimos sucesores, puede estar o permanecer. ¿No fueron acaso los ancestros de aquellos que ahora yacen estancados en los errores de Focio y los reformadores, quienes obedecieron al Obispo de Roma, como Sumo Pastor de las almas? ¡Ay! sus hijos abandonaron la casa de sus padres, pero no se desintegró ni pereció por siempre, pues está sostenida por Dios. Permítanles pues, regresar a su mutuo Padre, quien, perdonando las injurias previamente inferidas a la Sede Apostólica, los recibirá amantísimamente. Porque si como ellos repiten, anhelan asociarse con nosotros y los nuestros, ¿por qué no se apresuran a venir a la Iglesia "la madre y maestra de todos los fieles de Cristo"? (Conc. Lateran. IV, c.5). Escuchen cómo clamaba Lactancio en otro tiempo: "Solo la Iglesia Católica conserva el culto verdadero. Ella es la fuente de la verdad, la morada de la fe, el templo de Dios; quienquiera que en el no entre o de el salga, perdido ha la esperanza de vida y salvación, menester es que nadie se engañe a sí mismo con pertinaces discusiones. Lo que aquí se ventila es la vida y la salvación; a la cual si no se atiende con diligente cautela, se perderá y se extinguirá" (Lactancio Div. Inst. 4,30, 11-12).


Vuelvan pues, los hijos separados a acercarse a la Sede Apostólica, asentada en la ciudad, que Pedro y Pablo, los Príncipes de los Apóstoles, consagraron con su sangre; a esa Sede, repetimos, la cual es "la raíz y matríz de la que brota la Iglesia de Cristo" (S. Cipr. carta 38 a Cornelio 3); no con la intención y esperanza que "la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad" (1 Timoteo 3,15), abdique de la integridad de su fe, y tolere sus errores, sino, por el contrario, que ellos mismos se sometan a su enseñanza y autoridad.


Si fuere así, alcanzásemos felizmente, lo que no alcanzaren nuestros precursores: el poder abrazar con paternales entrañas a los hijos cuya separación infelíz de nosotros aún lamentamos.
Acaso ese Dios Salvador nuestro el cual "quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad" (1 Timoteo 2,4), ¡nos escucharía cuando humildemente rogamos que se digne llamar a todos aquellos que se apartan de la unidad de la Iglesia! En este importantísimo esfuerzo invocamos y deseamos que otros invoquen la intercesión de la Bendita Virgen María, Madre de la Divina Gracia, victoriosa ante todas las herejías y Auxilio de los Cristianos, para que implore por nosotros y que cuanto antes nos alcance la gracia de ver alborear el deseadísimo día en que todos los hombres escuchen la voz de su Divino Hijo, y "conserven la unidad del Espíritu Santo con el vínculo de la paz" (Efesios 4,3).


Ustedes, Venerables Hermanos, comprendéis cuánto está en nuestra mente este asunto, y cuánto deseamos que nuestros hijos también conozcan, no solo aquellos que pertenecen a la comunidad Católica, sino también aquellos que están separados de nosotros: si estos últimos imploran luz del cielo, sin duda reconocerán la única Iglesia de Jesucristo, y por lo menos, entrarán en ella, estando en unión con nosotros en caridad perfecta. Mientras esperamos este suceso, y como prenda de nuestra buena voluntad paternal, impartimos amorosísimamente a ustedes, Venerables Hermanos, y a vuestro clero y pueblo, la Bendición Apostólica.

 

Dado en San Pedro de Roma, en el día 6 de enero, en la fiesta de la Epifanía de Jesucristo Nuestro Señor, el año 1928, sexto año de Nuestro Pontificado.

Papa Pío XI

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